martes, 23 de agosto de 2011
Ich bin ein Berlinen (I am a Jelly Donut)
Quizá la ciudad más sorprendente que he visitado, con barrios que enamoran a quién busca más que paisajes y tiendas. No creo equivocarme demasiado afirmando que es, probablemente, la ciudad más bohemia en la actualidad de Europa.
El encanto de los restos socialistas se mezcla con el mundo urbanita del lado occidental. Donde el bullicio de Alexanderplatz se mezcla con la paz de Tiegarten, donde la exposición más cruda del resto nazi se mezcla con la bella sinagoga de reciente reforma. Una ciudad cosmopolita donde las haya, sí... me he enamorado de Berlín.
viernes, 27 de mayo de 2011
Si Engels levantara la cabeza...

El socialismo ha muerto. Aquellos que deberían pujar por el bienestar social no son más que adláteres de los grandes banqueros.
El siglo de lucha obrera en nuestro país ha acabado en una farsa, en una vuelta a la época en que los grises aplacaban a ostias las airadas protestas del pueblo. Aquellos, los que han hundido la economía mundial, maestros titiriteros de marionetas que dicen defender la izquierda o el centro-derecha de nuestro país, son el verdadero poder, da igual si votamos a PSOE o PP, ellos seguirán llevando las riendas de los caballos a cuyos pies estamos.
Ahora, nuestra queja queda ahogada ante este neofascismo monetario, el cual, si bien, no acaba directamente con la vida de las personas, las condena a la más absoluta de las miserias. No escucharéis voces airadas de "los padres de la libertad" en contra de estas sabandijas, como las que hemos oído recientemente contra Mubarak o Gaddafi, dado que aquellos que dicen velar por la democracia y los derechos del mundo son los primeros sirvientes de los titiriteros.
Esta clase política ha enterrado la esperanza en la clase política que teníamos a finales de los 70 y durante los 80, aquella que nuestros padres tenían y la cual dudo mucho que vuelva.
Mi más sincera enhorabuena
miércoles, 25 de mayo de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
¿Es la empresa farmacéutica la mejor amiga del médico?
¿Somos los médicos unos vendidos? ¿Recetamos aquellos fármacos de las empresas que nos obsequian con incentivos materiales? Son dos preguntas que me han realizado reiteradamente amigos, familiares e, incluso, pacientes. La respuesta es negativa, al menos de cara a la galería, no obstante, como en todas las profesiones hay profesionales sin escrúpulos.
Los españoles, amigos de la demagogia, nos ruborizamos cuando un profesional sanitario, por razones más crematísticas que científicas, receta un antilipemiante con el mismo principio activo que uno genérico. Sin embargo, muchos de estos que señalan al galeno como vendido o hijoputa (el español cuando califica, califica de verdad), tienen ingresos b, buscan bajas laborales bastante dudosas o intentan sacar dinero, de cualquier manera, al estado. Sin embargo, el médico no cobra un duro por poner Zarator en vez de Atorvastatina, en nuestro caso, el del residente, como mucho nos dista un bolígrafo o, en el mejor de los casos, algún curso formativo de carácter científico que, en ninguno de los casos, es estado nos sufragaría, ya que no invierte un mísero euro en formación del personal sanitario.
Bien, podréis acusar estas afirmaciones de demagogia, lo entendería, ya que no soy de los que comulgan con la publicidad que los representantes farmacológicos hacen en los hospitales, en los pasillos de las plantas, junto a enfermos, dando una dudosa imagen de los sanitarios. Cierto adjunto con el que tuve el placer de rotar en Neurología, los llamaba spam, ciertamente, no distan demasiado de la publicidad de viagra o alargadores de pene que podemos encontrarnos en nuestro buzón de hotmail (supongo que las anunciadoras de Internet me mandan mensajes subliminales...). En muchas ocasiones publicitan fármacos de dudosa actividad, o netamente inferiores a los usados, con efectos indeseables no publicitados en sus bibliografías claramente sesgadas (por ejemplo los, tan de moda, inhibidores de la DPP-4 para el control de la Diabetes Mellitus tipo 2).
Ahí está la labor discriminatoria del médico, que, a pesar del bombardeo publicitario, receta el fármaco que mejor se ajusta a la patología del paciente, o al menos debería hacer eso. Y doy fe que gran parte de nuestro gremio lo hace así. Sobre todo, teniendo en cuenta las dificultades y penurias económicas en las que nos movemos en este tiempo.
No obstante, hay ovejas negras en todos los rebaños. Igual que hay médicos corruptos, hay médicos que recetan ciertos fármacos espoleados por la empresa farmacológica. Sin embargo, este porcentaje es nimio, y no debe llevar al menosprecio del acto médico del resto del gremio.
La realidad, penosa doquiera las haya, es que los únicos que invierten en investigación son las farmacéuticas privadas, así de claro. Si la investigación fuera de carácter público, no habría empresas farmacéuticas con un poder económico superior que el de ciertos países tercermundistas.
Quizá algún día cambie todo... espero que a mejor.
Los españoles, amigos de la demagogia, nos ruborizamos cuando un profesional sanitario, por razones más crematísticas que científicas, receta un antilipemiante con el mismo principio activo que uno genérico. Sin embargo, muchos de estos que señalan al galeno como vendido o hijoputa (el español cuando califica, califica de verdad), tienen ingresos b, buscan bajas laborales bastante dudosas o intentan sacar dinero, de cualquier manera, al estado. Sin embargo, el médico no cobra un duro por poner Zarator en vez de Atorvastatina, en nuestro caso, el del residente, como mucho nos dista un bolígrafo o, en el mejor de los casos, algún curso formativo de carácter científico que, en ninguno de los casos, es estado nos sufragaría, ya que no invierte un mísero euro en formación del personal sanitario.
Bien, podréis acusar estas afirmaciones de demagogia, lo entendería, ya que no soy de los que comulgan con la publicidad que los representantes farmacológicos hacen en los hospitales, en los pasillos de las plantas, junto a enfermos, dando una dudosa imagen de los sanitarios. Cierto adjunto con el que tuve el placer de rotar en Neurología, los llamaba spam, ciertamente, no distan demasiado de la publicidad de viagra o alargadores de pene que podemos encontrarnos en nuestro buzón de hotmail (supongo que las anunciadoras de Internet me mandan mensajes subliminales...). En muchas ocasiones publicitan fármacos de dudosa actividad, o netamente inferiores a los usados, con efectos indeseables no publicitados en sus bibliografías claramente sesgadas (por ejemplo los, tan de moda, inhibidores de la DPP-4 para el control de la Diabetes Mellitus tipo 2).
Ahí está la labor discriminatoria del médico, que, a pesar del bombardeo publicitario, receta el fármaco que mejor se ajusta a la patología del paciente, o al menos debería hacer eso. Y doy fe que gran parte de nuestro gremio lo hace así. Sobre todo, teniendo en cuenta las dificultades y penurias económicas en las que nos movemos en este tiempo.
No obstante, hay ovejas negras en todos los rebaños. Igual que hay médicos corruptos, hay médicos que recetan ciertos fármacos espoleados por la empresa farmacológica. Sin embargo, este porcentaje es nimio, y no debe llevar al menosprecio del acto médico del resto del gremio.
La realidad, penosa doquiera las haya, es que los únicos que invierten en investigación son las farmacéuticas privadas, así de claro. Si la investigación fuera de carácter público, no habría empresas farmacéuticas con un poder económico superior que el de ciertos países tercermundistas.
Quizá algún día cambie todo... espero que a mejor.
miércoles, 2 de marzo de 2011
martes, 22 de febrero de 2011
La muerte... esa desconocida...
Todos morimos algún día. Irrefutable y necesaria verdad, algo conocido desde que el primer homínido caminó por este bello orbe azul. Puede parecer una perogrullada, lo reconozco, sin embargo, observando como se nos prepara ante la muerte, dicha obviedad comienza a tomar dimensiones más interesantes.
La palabra muerte es un tabú, quizá el más temido jinete del Apocalipsis, ya que significa el punto final del devenir vital del individuo, identificado con pestes, guerras y demás atrocidades. Un curioso tabú, ya que se refiere a una parte del ciclo de la vida tan importante como el mero nacimiento del individuo.
¿Y por qué el hombre teme a la muerte? La muerte inspira miedo al ser humano, miedo al vacío, y a descubrir que somos simples y llanos seres vivos, que, en un momento dado, acaban su existencia, sin vuelta de hoja.
Esta realidad me lleva a una reflexión que, no os voy a mentir, resulta realmente interesante: el hombre crea a Dios por miedo a la muerte. Ya que, como fin de la partida que significa, llega igualmente al bueno como al malo, al generoso como al egoista, sin hacer distinción de clases ni pasados.

Por supuesto, esto trasciende sobre cualquier justicia aplicable por el hombre (imaginad que vuestro vecino, de vida disoluta y reprobable, va a acabar exactamente en el mismo lugar que vosotros, de vida recta y loable... o algo así), por lo que el ser humano inventa a Dios, un ser todopoderoso que aplica una justicia post-mortem (llamadlo juicio de almas los creyentes si deseáis) cual forense ante un fallecimiento enigmático. Por otro lado, este Dios promete a aquellos fieles y justos una "vida espiritual" eterna de iluminación... promesas dignas del mismo David Koresh (aquel simpático sectario que se atrincheró en Waco y acabó con su vida y la de sus adlateres).
Bien, expuesto esto, la vuelta de tuerca definitiva... en el día a día, observas como una gran cantidad de creyentes (o al menos eso dicen) tienen miedo a la muerte. Es decir, aquellos cuya salvación debería estar asegurada tienen miedo de fallecer... (ante este sinsentido el propio Aristóteles se colgaría de un madero).
Desde la tierna infancia se nos ha enseñado a la muerte como algo oscuro, tétrico, lúgubre y triste. Engañamos vilmente a nuestros menores diciendo que sus familiares menores "se han ido de viaje"; la televisión nos da una imagen tenebrosa de la muerte (salvo Padre de Familia) y, bueno, la Iglesia colabora atemorizando a su rebaño con el miedo a un tormento eterno tras el fallecimiento de aquellos que han sido "pecadores".
Es nuestra tarea cambiar esto, dejar de temer a la muerte e instruir a los nuestros sobre la naturalidad del fallecimiento. Los velatorios entre plaños y golpes de pecho no sirven más que para avivar este círculo que solo trae la infelicidad.
Una vez valoremos la muerte como tal, podremos admirar la vida en su total extensión
La palabra muerte es un tabú, quizá el más temido jinete del Apocalipsis, ya que significa el punto final del devenir vital del individuo, identificado con pestes, guerras y demás atrocidades. Un curioso tabú, ya que se refiere a una parte del ciclo de la vida tan importante como el mero nacimiento del individuo.
¿Y por qué el hombre teme a la muerte? La muerte inspira miedo al ser humano, miedo al vacío, y a descubrir que somos simples y llanos seres vivos, que, en un momento dado, acaban su existencia, sin vuelta de hoja.
Esta realidad me lleva a una reflexión que, no os voy a mentir, resulta realmente interesante: el hombre crea a Dios por miedo a la muerte. Ya que, como fin de la partida que significa, llega igualmente al bueno como al malo, al generoso como al egoista, sin hacer distinción de clases ni pasados.

Por supuesto, esto trasciende sobre cualquier justicia aplicable por el hombre (imaginad que vuestro vecino, de vida disoluta y reprobable, va a acabar exactamente en el mismo lugar que vosotros, de vida recta y loable... o algo así), por lo que el ser humano inventa a Dios, un ser todopoderoso que aplica una justicia post-mortem (llamadlo juicio de almas los creyentes si deseáis) cual forense ante un fallecimiento enigmático. Por otro lado, este Dios promete a aquellos fieles y justos una "vida espiritual" eterna de iluminación... promesas dignas del mismo David Koresh (aquel simpático sectario que se atrincheró en Waco y acabó con su vida y la de sus adlateres).
Bien, expuesto esto, la vuelta de tuerca definitiva... en el día a día, observas como una gran cantidad de creyentes (o al menos eso dicen) tienen miedo a la muerte. Es decir, aquellos cuya salvación debería estar asegurada tienen miedo de fallecer... (ante este sinsentido el propio Aristóteles se colgaría de un madero).
Desde la tierna infancia se nos ha enseñado a la muerte como algo oscuro, tétrico, lúgubre y triste. Engañamos vilmente a nuestros menores diciendo que sus familiares menores "se han ido de viaje"; la televisión nos da una imagen tenebrosa de la muerte (salvo Padre de Familia) y, bueno, la Iglesia colabora atemorizando a su rebaño con el miedo a un tormento eterno tras el fallecimiento de aquellos que han sido "pecadores".
Es nuestra tarea cambiar esto, dejar de temer a la muerte e instruir a los nuestros sobre la naturalidad del fallecimiento. Los velatorios entre plaños y golpes de pecho no sirven más que para avivar este círculo que solo trae la infelicidad.
Una vez valoremos la muerte como tal, podremos admirar la vida en su total extensión
jueves, 3 de febrero de 2011
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